Hoy fui a otro bosque, más pequeño, hundido entre edificios y casas; desde que inicias el recorrido por su sinuoso camino, un frío te abraza y te llena los pulmones; hay tanto verdor fresco, un riachuelo susurrante y también unas cabañitas pintorescas, son pequeños restaurantes donde ofrecen comida típica mexicana.
Olvidé mi loca caminata, hay tanto por admirar. Las fuentes brotantes culminan en un lago artificial, lleno de peces que te hipnotizan en las aguas cristalinas, también hay patos, algunos tienen colores iridiscentes, ese arcoíris que te remonta a los cuentos infantiles.
Son las 7 de la mañana, pese a que hay unos rayos de sol esplendorosos en avenida Insurgentes, aquí está sombrío y en algunos puntos de gran vegetación inunda un silencio que solo logra romper el canto de algún pajarito.
Antes de volver sobre mis pasos, con las manos heladas, toqué un viejo árbol desgajado, oscuro, de pie, negándose a caer, a morir, como algunos de nosotros.
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