No camino por hoy, me dije, un cansancio ante tantas emociones me trató de convencer y, no, me dirigí a Fuentes Brotantes, hacía frío, todo húmedo, llovió ayer con todo y granizo. Pese al frío, no logro refrescar mis pensamientos, bullen tantas ideas y como siempre, vivimos situaciones que no han sucedido; el futuro no existe, no somos adivinos, aunque eso sería más una tragedia que una ventaja, de ser así.
El regreso fue apresurado, con las manos heladas y hambre. Vi unas casitas que no había observado, en un terreno irregular, con pendiente, recordé que cuando era niña, era la chaperona de una tía joven y Justo en una de esas casitas, fuimos a una fiesta, en aquel tiempo, para acceder a la reunión , debíamos cruzar un pequeño puente improvisado, sobre un riachuelo que corría con fuerza, el bosque de Fuentes Brotantes era tan tenebroso de noche, la luna se filtraba por entre las copas enormes de los árboles y no lograba iluminar el oscuro lugar, nunca sentí miedo, era fascinación sobre las leyendas del carruaje del Diablo que salía de la enorme piedra encantada, de las brujas que adormilaban a las madres y se robaban a los bebés para ser llevados a ese lugar, de la llorona que flotaba en el agua de Fuentes Brotantes y más historias; seguramente, las señoras canosas que barrían las hojas de los árboles en sus pequeños patios, eran aquellas jovencitas que me invitaron un sándwich y una coca en botella de vidrio: mientras bailaban y reían, en brazos de sus novios, yo, miraba por la ventana, qué inocencia, la oscuridad no era lo que ahora representa, no lo sabía.