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jueves, 11 de mayo de 2017

Tánatos


A la osadía!

Había muerto joven y, se opuso a desaparecer, se soltó del abrazo de la muerte, con gritos mudos, le había exigido a Dios: piedad, vida; a la muerte: que detuviera el tiempo, que se olvidara de él, de su trance; nunca supo quién le concedió  no morir, ya muerto; no sabía si la vida o la muerte le había sonreído y temeroso de romper el pacto con el Mayor, optó por ser invisible a voluntad propia, así, no le reconocería el ser más superior y ésta es la historia de un ser nacido del dolor de su propia muerte. Sus ojos rojizos, iracundos, de fuerza bestial. Atravesaba personas y objetos. Podía ser tocado a voluntad de él, poseía sombra, podía estar a la luz del sol. Decidía a quién mostrarse y a quién no, aunque era invisible.  Cuando se mostraba a alguien, lo hacía con los puños cerrados, con cualquier tipo de luz, no podía ocultar sus garras, en la penumbra, éstas,  se transformaban en manos.  La gran casona antigua, herencia familiar, parecía sobrecogerse con la existencia de este ser maligno, de que habitara en ella; dejó de crujir, la calidez tenue de su ambiente desapareció, imperaba el silencio absoluto, lastimaba los oídos y un frío gélido se palpaba, se respiraba; las personas que pasaban frente a la casona percibían súbitamente la maldad y volvían en sus pasos, envueltos en un aire helado; en poco tiempo ese camino boscoso se hizo intransitable, macabro, girando inesperadamente en pequeñas corrientes un viento del olvido.

Manipulaba lo que le rodeaba, podía herir a personas y lanzar objetos, miraba al futuro, de forma turbia, pero, con ello lograba planear cómo cazar a sus vivos, su sacrificio tan deseable, tan apetitoso; odiaba esa sed de sangre que le quemaba, qué deleite al beberla, aquí, se arrepentía de odiar esa sed, la amaba.  Había dejado de ser humano, era un animal, una bestia.   Trataba de mantener en su mente que no era todopoderoso, tenía que recordárselo a diario, no era un Dios; dependía de ese ser, quien fuera; ese Dios lo reclamaría a voluntad, de proponérselo; mientras, mantendría a esa Divinidad satisfecho con la sangre de sus víctimas, de sus corazones juveniles qué latían impetuosamente, al grado de saltar entre sus garras, incontenibles, varias veces, esos corazones ansiosos de vida caían de sus dedos torcidos, eso lo exaltaba más, se negaban a morir, al igual que él y se extasiaba al pensar que les negarían el pacto, exclusivo de él.  El enemigo invencible de los humanos era el tiempo y la muerte, él, Tánatos, los había derrocado.

Se negaba a ser descendiente de Caín, lo era, por ello había heredado la oscuridad. Se desconocía la forma de purificarle o expulsarle. Se ignoraba cómo invocarle o controlarle. Deseaba venganza, de su muerte, de su juventud truncada.  Al paso de los años ya estaba harto. Jamás sería viejo. Deseaba contagiar su terror a la muerte, a la vida, su miedo a la soledad, su repulsión a su despreciable familia, pues recordaba su vida pasada y esto era un precio que pagaría siempre, una cadena maldita. Qué los demás pagaran por sus pecados, eran carne, eran piltrafas para ser amalgamados y fundidos en estrago.  Quizás buscaba, sin saberlo, el perdón, ser castigado... nunca lo sabremos. Todos los demás eran una bola de pendejos, estaban locos, no merecían vivir, deseaba lastimarlos, destruirlos, destrozarlos, jugaba cruentamente con sus sentidos, los enloquecía, quería llevarles a la paranoia, eran tan idiotas, estúpidos, orates y los cazaba.

Después de recrearse atrevidamente, ejecutaba a sus víctimas, las marcaba con una pluma de ave dorada, poseía cuatro plumas, había llegado con ellas cuando fue soltado del manto de la muerte; con desprecio, hacía su marca extraña en el rostro de los muertos, les escupía a la cara y reía socarronamente, cantaba, filosofaba, les injuriaba; acto seguido, se alimentaba de ellos, no dejaba huella, ni gota de sangre.  Era desalmado, con gran avidez de placer, venganza y, principalmente, ofrendaba a la muerte estos sacrificios, era un soborno, según él, pagaba su tiempo de no-vida. Su forma de agradecer la sangre extraña qué corría en su corazón, ya no era de humano; ¡Sí!, por supuesto, su corazón seguía latiendo.

Ocasionalmente, se escondía, aterrorizado del mundo hasta enloquecer, por periodos y se convencía de no desear la muerte. En uno de estos retiros voluntarios, alguien cruzaba su jardín, una joven, de ojos sonrientes y le besaba...  Había visto el futuro, alguien le amaría.  Era imposible. Una chica de frágil figura,¿qué sucedía?, ¿alguien se burlaba de él?, gritaba suplicando respuestas. Sabía dónde vivía, su nombre y más.  Frente a ella, invisible, la atravesó, cuando hacía esto, percibía el alma de la persona, no sería engañado; había bondad, limpieza en esa alma y adivinó qué ella ya lo había visto en tres ocasiones, de noche, sólo de pasada, cuando él iba al encuentro de su caza.  Le envolvió su aroma, tan dulce, qué se le hizo un nudo en la garganta, fue sacudido.  Era la mayor idiotez.  La mataría, como a las demás, se arrepintió, juró no hacerlo.

Maquinó todo, decidió mostrarse como el joven que era, decidió ser tocado, decidió hablarle, decidió que fuera al manto de la noche para mostrar sus manos, decidió lo que ella decidiera, ya lo había vislumbrado.  Tánatos, frente a ella, no podía hablar, el corazón latía como aquellos corazones que bailaban en sus garras.  La joven, con mirada firme, creía ver a un chico tímido. Tánatos no podía manipular la voluntad de alguien vivo, no era necesario, ella, Verli, sería suya, le amaría, lo veía en la bruma.

Desposados, en la gran casa de Tánatos, lo primero qué vio al entrar Verli, fueron las cuatro plumas doradas, dentro de un jarrón, sobre una repisa difícil de alcanzar, Tánatos desvió su atención con un beso.   Poseía cierta inteligencia y astucia, lo sabía y se engañaba, se creía aún con vestigios humanos e inmortal.  Lo que no sabía, acababa de ocurrir, nunca podría consumar su unión, Verli, abandonada en el lecho no acababa de comprender esa desatención, la renuncia de sus besos, el sonido de objetos cayendo y estrellándose con tanta brutalidad en la casona, temerosa, se escondió entre las sábanas, abrazaba fuertemente no el cuerpo del joven Tánatos, abrazaba una almohada en su noche de bodas.

Amanecía con Tánatos a su lado, vestido, le rodeaba con sus brazos y apoyaba su cabeza en su pecho, por un tiempo fue así.  Tánatos, mantenía la casa en penumbra y desaparecía de noche.  Verli se refugiaba en el jardín, entre rosas y espinas; entre árboles y frutas; no lograba una conversación con su esposo, la evadía, cada vez era más complicado y culminaba con el mal humor de Tánatos.  Le amaba y ella entendería cualquier imposibilidad que tuviera, le sugería contactar a un médico especialista, o lo que él quisiera; deseaba verlo feliz, no lo presionaría.

Los besos, los mimos se fueron alejando y dieron paso a la extraña forma de actuar de Tánatos, nunca salía al jardín con ella, se ausentaba casi todo el día; le aterraba que cuando estaban juntos desaparecía mágicamente, con todo y que la habitación estuviera cerrada, buscaba puertas secretas por donde él pudiera salir sin ser notado, nunca descubrió una.  Veía una extraña mirada en su amado cada vez que portaba una de las plumas doradas, las plumas que habían desaparecido del florero, las plumas que transformaban el rostro de Tánatos.

Era miedo, sí que lo era, Tánatos ya no despertaba a su lado y al salir de su alcoba, Tánatos de pie, frente a la puerta, sostenía la pluma dorada; Verli sentía un golpe en el estómago y un frío que le recorría la espalda. Ahora lo evitaba, ya había notado lo rojo de sus ojos, esa distorsión en la forma de verla, esa mirada de puñal refulgía y le penetraba su mente y corazón.  Se encerraba, despavorida, casi no comía, abandonó el jardín y toda la casa.  Vivía confinada en su alcoba, por su ventanal, discretamente, entre las cortinas veía salir a su esposo, pero nunca lograba ver que usara la puerta, era tan rápido.  A veces, escuchaba murmullos apagados, sonidos de violencia, Tánatos ya no respondía ningún cuestionamiento; la insultaba, ella le temía, era incontrolable lo que sentía, le amaba aún, pero temblaba de pies a cabeza ante su presencia. Despertaba horrorizada, constantemente, alguien le acariciaba violentamente y cada vez que encendía una lámpara de aceite, registraba cada rincón de su alcoba, sin encontrar a nadie.  Sentía un viento que le atravesaba el cuerpo, un viento tibio pero, le helaba el alma.

Su apariencia era sombría, vaporosa o como cualquier mortal, a  voluntad se mostraba según su estado de ánimo, o según los planes hacia ella.  Jamás lograría amar plenamente a su esposa, confirmaba que ese amor era una burla, un castigo, un cobro del pacto de muerte. La odiaba. Aborrecía no hundirse en su cuerpo, en sus brazos, en sus besos, en su calor, en su aroma, en su cabello. En secreto, invisible, se deleitaba en ella mientras dormía, no le importaba el estado en el que ella se encontraba a estas alturas. Cada vez que la atravesaba ya podía escuchar sus pensamientos de abandonarle pues vivía en delirio, en pavor, no se creía capaz de aguantar la vida de pánico junto a él.

Volvió a odiar la sed de sangre, esta vez le quemaba la sed por Verli, no la dejaría ir, era suya, ella no rompería el sueño de amor, no se lo permitiría, tendría su castigo.  Verli, con maletas en mano bajaba la gran escalera, lloraba por ese amor truncado, convertido en no sabía qué, por ese abandono cruel, por ese maltrato psicológico, temblaba, anhelaba salir de ahí, buscaba la paz a su alma y la paz a Tánatos, deseaba que su amado encontrara a otra mujer capaz de inspirarle y amarle para siempre, qué él fuera feliz.  Una mano la detuvo con violencia, rodaron las maletas, no había nadie junto a ella; salieron disparados algunos objetos hacia ella, algunos lograron golpearla y otros los logró esquivar, aterrada, enloquecida, trató de llegar a la puerta, pero un puñetazo que no vio venir le dio en el rostro.  Despertó y le costaba trabajo respirar, jadeó, sentía que se ahogaba, se llevó las manos al rostro y se las manchó de sangre, algo oprimía su cuello, no había nadie, manoteó y se aferró a alguien que no lograba ver, Tánatos se hizo visible y dijo: "¡Qué ruin eres, maldita!", "¡A mí, nadie me deja!", "¡Sólo eres veneno que respiro!"; Verli no comprendió lo sucedido, con la mirada fija en su esposo, dejó de respirar, soltando suavemente el cuerpo de Tánatos.  

En el piso, junto a Tánatos, estaban las cuatro plumas doradas, las usaba en Verli, en esa idiota a la que aún creía amar; era tan estúpida y tonta que no logró descifrar lo que era él, supo que ella le amaba aún muriendo.  Le acarició con sus garras, le besaba enloquecido, tenía todas las lámparas encendidas, no perdería ningún detalle de ese sacrificio. Sus ojos furiosos e inyectados de sangre no podían concebir lo que veían, Verli había sido su única oportunidad de redimirse, Tánatos estaba viendo, entre sus sollozos incontenibles y temblando como un niño,  veía el futuro, esta vez, con gran claridad, sin bruma, Verli era un obsequio, una joya inconmesurable, era el último ser que le amaría, él viviría eternamente, joven, en abandono.





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