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sábado, 31 de diciembre de 2022

lunes, 3 de mayo de 2021

El llanto de la Sirena (Capítulo XX [Último capítulo])

Até mi anillo a mi huesudo dedo con unos delgados hilachos, también, anudé bien la tela a mi delgada muñeca, jamás sería un desconocido entre los muertos, mi escudo me distinguiría, sólo por el legado familiar, porque, mi conducta en esta roca no es la de un humano, desconozco en qué me he convertido. No hay vuelta atrás, con la espada de aquel gallardo oficial en mis manos, sonrío patético, no hay nada aquí que me detenga, esta miseria de amor, me envilece.  Ante el sólo pensamiento de mi familia y mis antepasados, me sonrojo, no tengo honra. No me castigo, debo aceptar la indignidad de mi conducta en esta maldita roca, ante estas cavilaciones, no advertí a la Sirena, debía tener un buen rato ahí, apoyada en la saliente roca,  su cabello seco bailoteaba tímido ante el vientecillo marino, el sol estaba con todo, lo que hacía más fuerte el hedor de la Sirena, sentí asco cuando sus labios cortantes se unieron a los míos, su pegajosa saliva me sofocó, las manos de la hechicera marina intentaron desprenderme de la brillante espada, sin conseguirlo, ella, simplemente se enroscó en mi cuerpo desquiciado y sus larguísimos cabellos estimularon el engendro que soy, su melena se concentraba en cada resquicio y en recorrerme  el cuerpo con delicadeza,  percibía esta caricia divina sobre mi cuerpo, al mismo tiempo que se filtraba a mi sangre y a mis demonios contenidos.

No comprendía si negaba o liberaba al mundo de este ser singular.  Estaba hecho, la Sirena no entendía la sangre que brotaba de su cuello, lanzó un graznido demoníaco, el cual casi me hizo perder el sentido, pese a que había colocado tapones de tela  en mis oídos, para que ella no nublara mi juicio con su chillido ensordecedor, esperaba cualquier reacción violenta de ella, sin embargo, lo que nunca imaginé fue que, el ardiente sol fuera desplazado por negros nubarrones y violentos rayos, un mar embravecido azotó la saliente rocosa, con un rugido infernal, todo esto parecía un sueño, más bien, una pesadilla de niño; en mi desnudez, aún con la espada manchada de sangre en mis manos y el horror en mi rostro, pude notar las lágrimas de un color carmín intenso en sus ojos profundos y oscuros de mi bella Sirena; yo, bramaba, sostenía con firmeza, con una mano,  la herida que le había ocasionado, besaba con locura su bello rostro, mi pecho se humedeció con su sangre y sus lágrimas,  las lágrimas de mi amada eran quemantes; volví a comprender sus palabras, era un gimoteo desesperado, un llanto de Sirena, con chillidos que casi perforaban mis oídos y laceraban mi corazón.

No sé qué eran esas sombras dantescas, supuse que eran los fantasmas de los muertos de la Sirena, o los espectros de mis antepasados que venían a rescatarme de ella, no lograba distinguir bien las siluetas iluminadas por los enardecidos rayos que latigueaban el plomizo y tenebroso firmamento; mis ojos ardían, mi rostro estaba bañado en sangre, al igual que mi cuerpo; entre delirante sollozos, ahogados por su propia sangre, la bella Sirena alzaba sus brazos al cielo, con desesperación, su llanto era cada vez más agobiante, el mío era infrahumano, aún con espada en mano, no me separaba de su exquisito cuerpo y del fulgor de sus bellísimos senos, como un niño, me acurrucaba en ellos, sin dejar de presionar la herida de su cuello.  El mar no tardaría en tragarnos en una iracunda bocanada, reclamaba a su Sirena, nunca fue mía. 

Un escenario de horror me tenía al filo de la locura, fui arrancado del cuerpo de mi amada Sirena, eran ellos, vivos o muertos-vivos, sí, eran ellos, sólo que en otros cuerpos pasmosos, todas las personas que había conocido en medio de ese abismo salado y muchas personas más, su aspecto era alucinante, inclusive, la pequeña y su madre, mi tierna  y amada compañera de roca, también estaban ahí, algunos, sobre la roca y, otros, suspendidos en el hirviente mar, no pronunciaron palabra alguna, emitían sonidos pavorosos, como los de la bella Sirena.  Sin forcejeo alguno, sin tener una comprensión plena de lo que estaba sucediendo, cautivo en esta pesadilla inextricable, observé como la hermosa Sirena era conducida al oscuro mar, entre sollozos, me dijo que me amaba, creí haber enloquecido, esta vez, le entendía perfectamente, antes de desaparecer entre las aguas marinas, mi amada Sirena me lanzó una mirada bañada en el carmín de su llanto, presuroso, con aquellas notas lejanas de piano,  con mi anillo y empuñando la espada, me lancé tras ella, perdiéndome en ese mar encolerizado.




sábado, 23 de enero de 2021

El vacío de la Sirena (Capítulo XIX)

Ante el sosiego del mar, el viento parece estar inerte, es tan difícil respirar, sólo el sol cae a plomo, me refugio en el gran baúl café tabaco, acaricio entre mis dedos el último vestigio de mi existencia, mi anillo, dormito y creo soñar con mi vida pasada; veo ese cuerpo regordete enfundado en un traje oscuro y en esa ilusión, palpo mis huesos salientes; mi familia, mi amada novia, mi hogar, amigos, todo ese espejismo hierve con este sol calcinante, escudriño con vehemencia el largo y el ancho de esta agua salada, anhelo esos destellos en mis labios, la Sirena no promete nada, excepto este vacío que anida mi ser y envuelve todo instante de mi existencia, aún cuando ella se enrosca a mi cuerpo, el vacío continúa latente. Ella, es ausencia, lo mismo que este océano abundante y este aire oprimente; es y no existe.

En un tibio ensueño, notas de piano lejanas se combinan con el susurro del mar, la Sirena me posee, sonríe y un hilillo de sangre corta lo siniestro de sus labios; toma mi cabeza y la hunde en su vientre, al mismo tiempo que creo escuchar su murmullo grotesco e hiriente de esa melodía infernal que emite cada vez que toma mi sexo, cualquier otro ser perdería el juicio ante tan espeluznante sonido, yo, ya me he perdido en él; es obvio decir que, el sonido de piano se disipa en un feroz despertar ante ese canto de la Sirena, enloquecido, aún sumido en su vientre, bebo de su sangre hasta hartarme; una tenue lluvia lava con suavidad  todo vestigio escarlata de la roca, reposo con mi rostro hundido en sus fulgores y delicadamente, beso sus senos; la Sirena me retira de sí y el vacío es palpable, su presencia no disuelve ese precipicio palpitante, su vacío parece poseer vida propia, ese vacío que me abofetea el rostro en todo momento, la Sirena no pertenece a nadie, no necesita a nadie y aún con este claro discernimiento, no dejo de cuestionarme su presencia en mi roca, en mi cuerpo, en mi alma y en mi eminente muerte.

Sin nada que mirar afuera, miro dentro de mí, si en algún momento tuve una convicción, sólo fue una prisión donde ya no desee ver ni cuestionar nada más; creí tener un refugio en esta roca y me negué a alejarme  en una de estas tablas o del mismo gran baúl café tabaco, en busca de alguna embarcación, de ser rescatado y volver a tener la oportunidad de tener una vida plena y patética, como la de tantos o simplemente, morir en este oscuro mar; sólo atino a reír de cada certeza, de cada ilusión, de esos proyectos de vida, de esa vida que me ha sido negada, no sé si ese dios que ríe a carcajadas de mi miseria es quien me puso en esta roca abismal o fui yo mismo al tener la arrogancia de prosperar y convertirme en alguien importante ante la sociedad; río a carcajadas de mí, me uno a la burla de dios por toda mi estupidez, los planes de los humanos son tan risorios ante él.


jueves, 31 de diciembre de 2020

¡Feliz Año Nuevo!

 Despedimos un año inusitado, 

De aprendizaje y agradecimiento;

De vacíos y sentimientos contenidos;

De renacer y levantarse y andar.


Te deseo un Año Nuevo lleno de salud y abundancia;

Que logres vivir intensamente cada instante;

Que quien te ame, vele por ti y te rescate de las tinieblas;

Que no pierdas la fe y fortaleza ante tantas vicisitudes;

Que seas feliz por el simple hecho de estar vivo,

Que seas colmado de bendiciones en toda tu vida.

Recibe un abrazo lleno de luz y cariño❤️


Besos al cielo🌷




sábado, 31 de octubre de 2020

Tlimaya y los viejos

Se cubrió con ceniza todo el cuerpo
Y rasgó sus ropas


Golpeó a la anciana en la cabeza con su puño cerrado, la dama cayó aturdida, el pavimento no solamente le raspó las rodillas, también la cara y su nariz sangró profusamente; Tlimaya tomó el bolso de la anciana, lo vació sobre el cuerpo inerte de la mujer, de su desgastado monedero, bordado con hilos sedosos, sacó algunos billetes arrugados, todas las monedas, aún las monedas viejas de cobre que ya no tenían valor, ensalivó el delgado dedo de la anciana para quitarle con facilidad el anillo de bodas que era de oro y sus arracadas diamantadas de plata; revisó sus muñecas ocultas por el grueso suéter y, maldiciendo al ver que no llevaba más joyas, pateó el cuerpo de su víctima, robó también su canasta llena de víveres y se alejó sin aspavientos. La esposa de Tlimaya abre la puerta de madera para que entre su esposo e inmediatamente la cierra;  ella está siempre a la espera, sedienta de los diversos botines, revisa con ansia las arracadas de plata y  las coloca en sus orejas, con una sonrisa coqueta, Macca, observa detenidamente como lucen sus nuevos pendientes de plata ante un espejo. 

Tlimaya espera pacientemente entre las sombras de los árboles, en la calle donde se ubican las sucursales de los bancos, aquí a donde acuden los ancianos a realizar sus movimientos bancarios, es el lugar ideal de Tlimaya; desde los ahorros de toda su vida hasta los alimentos de esos seres indefensos, son su trofeo, cada vez que vislumbra ese caminar pausado, brinca de su escondite y ataca a esos seres débiles y enfermos; algunos llegan a oponer resistencia pero, Tlimaya los somete de inmediato, su rudeza no tiene límites, casi todos esos cuerpos lentos son violentados y saqueados con gran habilidad; desarrolla su "trabajo" con eficacia y disciplina; hasta se da el gusto de patearlos con ritmo mientras tararea un rock urbano, rompe el pavimento entre patada y patada y los va sepultando lentamente en medio de dos tierras, esas capas de tierra amarillenta y oscura cubren a los viejos sin haber muerto aún.

Tlimaya, fogoso, se desata en su amada esposa, Macca, se contorsiona en éxtasis,  acostumbra pedirle a Tlimaya que, en cada acto sexual, él utilice lo que ha robado ese día a los vejetes en sus jugueteos eróticos, se ha vuelto una ceremonia torcida, su acto de amor se consuma en sus oscuras ambiciones, poder y sexo, es la combinación perfecta para ellos. Su ambición se ve colmada cuando ya no hallan más espacio para sus botines, el cuarto de los billetes está rebosante, al grado de que para tomar un billete debe hacer acopio de toda su fuerza para lograr sacarlo y no hay espacio para uno más; el cuarto de las piezas de oro parece una maraña con tantos anteojos, relojes, joyería, doblones españoles, monedas de oro antiguas, centenarios y hasta dientes de oro aún con manchas de sangre, lo cual hace de esta habitación un lugar desagradable por las moscas enormes y verdosas que revolotean sobre las piezas dentales y algunos gusanillos dorados que sabrá dios de dónde salieron (aquí, Tlimaya se pregunta rascándose, en el siguiente orden,  sus genitales, la cabeza, las orejas, las axilas, terminando con sus genitales: ¿acaso el oro se agusana?); el cuarto de la plata, ni qué decir, está hasta el tope de monedas y joyería, no cabe un arete más; el cuarto de los alimentos se ha mezclado tanto que cada vez que quieren un queso, por ejemplo,  sacan un chorizo, si quieren un plátano, logran sacar una piña, así de rídiculo es esto de los alimentos, la esposa de Tlimaya está harta de querer preparar algún platillo y terminar preparando otro; el patio está abarrotado de botellones de agua, llenos de monedas viejas, las cuales han planeado vender por kilo, algún día pasará el señor de los fierros viejos para que se lleve todas esas monedas de cobre y demás metales, a cambio de algunos billetes que ya pensarán en donde colocar.

Su fortuna es cuantiosa, Macca pensó en adquirir una casa más grande, así podrían disponer de más espacio para lo que Tlimaya continúe hurtando; Macca sueña con una sola habitación para las monedas y otra para los billetes, se excita con sólo imaginar tener sexo sobre esa piscina de monedas o el calor y cosquilleo de un lecho de billetes en su cuerpo desnudo; después de discutir por meses, Tlimaya logra convencer a su esposa para ampliar la pequeña casa hacia arriba, con el pretexto de que el "trabajo" le quedaría lejos y su rendimiento podría disminuir, ya tenían varios autos recientes pero, el ir y venir a dejar el botín a la nueva casa, le restaría horas de hurto; Macca aceptó e, inmediatamente, un grupo de hombres hormigueaba día y noche en las afueras de su casa, todos los trabajos de construcción se realizaron con escaleras y andamios colocados en la calle, jamás ningún albañil logró asomar siquiera las narices a la casa de Tlimaya, cuando concluyeron la obra, toda la familia de Tlimaya les ayudó a derribar la pared que comunicaba con la nueva construcción; nadie conocería de la secreta fortuna, excepto, la familia de los esposos.

Los padres de Tlimaya y Macca, eran favorecidos de estos robos. Tlimaya, amaba profundamente a sus padres y ellos eran el verdadero motivo de no querer irse a vivir a otro lugar, sus padres vivían en la casa contigua, le preocupaba, enormemente, que pudieran ser víctimas de algún malhechor; estando cerca de ellos, procuraba cuidarlos, estaba al pendiente de todo lo que pudieran necesitar, también Tlimaya sentía seguridad al estar cerca de su familia, así que,  alejarse de ellos no lo haría nunca. 

La nueva construcción se asignó para ser usada como casa, elegantemente decorada y con todos los caprichos de la familia de Tlimaya; las plantas bajas, continuarían siendo usadas para lo hurtado, principalmente, el dinero, el matrimonio no confía en los bancos, son peligrosos; se usaron más habitaciones para organizar el botín, Macca se sorprendió cuando su esposo le mostró una habitación casi repleta de monedas, Tlimaya la desnudó y le exigió su pago en medio de un tintineo ensordecedor; aún desnudos, admiraron la habitación de los billetes, las últimas capas de billetes estaban esparcidos como hojas caídas de un árbol en otoño, además, eran billetes nuevos y crujieron delicadamente con sus cuerpos; Macca saltó de dolor, pegó un grito, seguido de maldiciones, la idea de amarse en la habitación de las joyas de oro le dejó un arete clavado en la nalga y por lo tanto, pasó de largo la habitación de las joyas de plata; le pidió a Tlimaya que la impulsara para poder entrar a la habitación de los alimentos, en su desnudez, fue fácil deslizarse y muy placentero hacer el amor; de ahí en adelante, ese sería su tercer lugar favorito para amarse; monedas y billetes, primera elección.  Tlimaya se hinchaba al ver su torre, los vecinos se admiraban de la exquisita fachada de la casa renovada y les adulaban, qué alta, qué increíble, qué hermosa tu casa-torre, Tlimaya; Macca se sonrojaba y se erguía, su esposo, fruncía el ceño, no entendía si era por el sol o por la reluciente fachada dorada que se imponía ante quien alzara la vista.

Los viejos abundaban, así que su éxito no se detendría, ¿quién contra él? Tlimaya se siente poderoso, valiente y audaz; agazapado entre un árbol y un arbusto, con su gesto de enojo, está a la espera de los viejos, de los demasiados viejos o de los centenarios, con su puño derecho listo para el ataque, en ocasiones lo esconde y otras veces, lo tiene casi en alto, no se inmuta ante nada, una silla de ruedas, un par de muletas o un bastón de sus mártires son sólo basura, pasa por encima de ellos, los aplasta, esos viejos tienen todo para ser saqueados, de no ser él, otro lo haría, el dinero tendrá mejor uso por Tlimaya y su familia.  Su poder económico le da la tranquilidad a Tlimaya de delinquir abiertamente, ya ha comprobado que el dinero compra todo, ante cualquier situación inesperada, Macca o su familia, con dinero en mano, aliviarán cualquier contratiempo. Tlimaya se va perfeccionando, rebasa todos los límites, ante sus víctimas, se sirve a placer, procura que el atraco sea siempre rápido, sin embargo, dilatarse en golpear a los viejos  caídos al son de su tararear rockero le causa un alborozo afrodisíaco que remata con Macca al llegar a su casa con el botín en mano, le arranca la ropa a su esposa en la habitación de las monedas o los billetes o los alimentos y después de su forcejeo amoroso, vuelve a la zona de sucursales bancarias, se oculta entre los árboles y levanta su puño, Tlimaya sabe que, lo que golpea lo convierte en oro.


martes, 20 de octubre de 2020

Los muertos de la Sirena (Capítulo XVIII)

Rompían las olas mi alma triste, la roca mitigaba el enojo del mar, su dureza se imponía tratando de protegerme, una melodía tétrica ambientaba la oscura soledad, era el chasquido salado que amenazaba con devorarme y los silbidos chorreantes de los 66 laberintos aumentaban furiosamente sus tonadas, al grado de parecer bocanadas rugientes cada vez que castigaban mi cuerpo polvoriento.  Las sombras de esta oscuridad tenebrosa palpitaban alocadamente, aprisionando mis huesos, cerré mis ojos suavemente y tomé el sendero de las olas y su olor a sal pero, una gran ola me hizo trastabillar y me negó el camino del cordero sobre el agua, fui levantado entre su cadenciosa música y su beso asesino, incrédulo, me vi dentro de el baúl café tabaco, el más grande, mi caída fue amortiguada por las prendas que ahí guardaba para mantenerlas secas, prendas que fungen de lecho en este frío que arremete hasta contra el abrazo de mi azarosa roca; incliné el baúl para que fluyera el agua marina y varias prendas se escurrieron de mis dedos, ni siquiera intenté aprisionarlas en mi puño, me quedé recostado dentro del baúl, resignado al azote de las olas, en quietud, evoqué a aquel hombre regordete y enamorado de esos ojos color miel y de la promesa de sus labios y de la delicadeza de su dorado cabello, Tanian, mi amada que lloró ante mi partida; mi familia, amigos y enemigos y cualquiera que miré; aprisioné mi anillo, como tantas otras veces, recorrí mi escudo con mi mente, este anillo es el último eslabón de mi cordura y de mi humanidad; dudando, volví a hacer otro nudo sobre mi anillo, mi camisa,  hecha jirones, atesoraba la joya, un cristo en un rosario tejido que amenazaba con desintegrarse al roce de una espuma salada.  Detallé hechos olvidados y me reogocijé de la viveza tan cristalina de mi vida,  desenterré emociones y lloré por lo que quizá nunca sería, por lo poco y por lo mucho que dejé al perseguir un sueño, sin imaginarme  esta pesadilla, eso es, esto es un sueño alucinante, sin soltar mi anillo, me repetía, despierta, despierta Yunluan, palpé algo sedoso e imaginé estar en mi mullido lecho, sometí la tela ante mi rostro y mi pecho, varias veces, con mi incoherente, despierta, despierta, hasta que ella, la hechicera marina, se deslizó en mi empapado lecho, mejor aún, mi estrecho ataúd.

Bebo cada estrella de su pecho, la Sirena deleita con su melodía desquiciante, la he sitiado en el fondo del baúl café tabaco y ella se funde en mí, se agolpan en mi mente uno a uno los rostros de aquellos que asesinó la Sirena infame, esa niña inocente, no dejo de pensar en todos ellos, ¿se desvanecieron o viven en la morada de la Sirena?, ¿existirá un infierno más tenebroso que éste que habito?, el agua, la tierra y el cielo tienen sus propios demonios?, y esta roca le pertenece al mar, quien osa pisarla cede su alma a la ardiente Sirena, deben amarla y permitir ser consumidos por su voraz apetito, todos ellos, mis compañeros de roca, son los muertos de la Sirena y perturbado por la sangre que ha derramado ese ser malévolo, fornico desaforado, tratando de castigarnos, vuelvo a cuestionarme cómo puedo desearla y amarla.  La tenue caricia del sol da con todo en mi espalda, la Sirena me aprisiona en su cuerpo, sus ojos profundos y maliciosos cuestionan los míos; sonríe burlona, al mismo tiempo que se desliza del fondo del baúl café tabaco hacia el mar, antes de zambullirse en el azul abismal, se detiene y me lanza una mirada furtiva, la cual no se detiene hasta perderse en el horizonte infinito, noto que su cuerpo sangra, su pecho, su cuello y un brazo; en un salto gracioso, la Sirena desaparece en medio de unas olas débiles, me deja en la soledad de los muertos, sabe que estaré aquí, esperándola o hasta que decida matarme, mis manos están manchadas de su sangre y también mi camisa, la cual sólo cuelga de mi cintura, en mi cuerpo desnudo.


domingo, 31 de mayo de 2020

Los rosales de Mónica

Hincada en el pasto, algo invisible atrapó su mano en el momento que retiraba las hojas secas de las rosas,  Mónica retiró su mano bruscamente de los rosales, gritando horrorizada, corre a su cocina y se sienta, llorando, apoya su cabeza en la mesa, al mismo tiempo que se lleva las manos al vientre y pide perdón a sus bebés no nacidos; Mónica se siente tan culpable de interrumpir esos embarazos, todo por amor a Favo, su esposo, le ama tanto y no soporta la idea de perderlo. Con los ojos hinchados y aún temerosa de la extraña presencia del jardín, ve entrar a Favo, porta un traje gris, Mónica no pierde ningún detalle del aspecto de Favo, es tan delgado y con sus negras patillas ensortijadas, afinan más su rostro, sus cejas enmarcan unos ojos oscuros y su boca voluptuosa, hacen estremecer a Mónica, como el día que le besó por primera vez, en la fiesta de la empresa donde laboran su padre y Favo, castigando su cuerpo contra la pared, en esa oscuridad de la terraza y los helechos lujuriosos, en medio de sensaciones desconocidas y pecaminosas, donde ella sólo se abandonó a las manos urgentes de Favo, sin saber qué hacer, envuelta en ese calor naciente y el palpitar del cuerpo de Favo, supo que ese hombre era el amor de su vida.

Favo abofeteó a Mónica cuando ella le anunció que estaba embarazada, le dio un puñetazo en la cara y otro en el vientre y la pateó en las nalgas por pendeja, salió furioso de su casa, Mónica en el piso, sangraba de la nariz y de la boca,  sintiendo la culpa del embarazo, el primero, Mónica se atrevió a pensar que Favo se alegraría con la noticia y olvidaría lo que le exigió cuando le propuso matrimonio. Los padres de Mónica escucharon atónitos la propuesta de matrimonio, seguido de las condiciones que Favo le imponía a su prometida, que no deseaba hijos, que ella se tenía que cuidar siempre y no debía engordar, de lo contrario, les devolvería a su hija, la madre de Favo no pudo opinar, bien que conocía los deseos de su hijo y nada le haría cambiar de opinión, o, definitivamente, no se casaban. Mónica lucía espléndida en su boda, en contraste con los ojos desorbitados y furiosos de su padre y las tristes lágrimas de su madre, Mónica aceptó todas las demandas de su prometido, le amaba con locura, haría lo que Favo le pidiera, todo.

Un médico, amigo de su suegra, mantiene a Mónica con los cuidados necesarios para evitar embarazos, métodos empleados por la madre de Favo, al fallar éstos, este mismo médico se hace cargo de interrumpir los embarazos de Mónica, los gastos médicos son cubiertos por los padres de Favo, el desgaste emocional es cubierto por Mónica y el médico entrega a Mónica, secretamente, un bultito envuelto en gasas, con manchas de sangre, a petición de ella. El tercer embarazo de Mónica fue un aborto espontáneo, Mónica nunca se percató porque continuaba con los periodos, sucedió cuando Mónica aseaba la casa, la gran mancha roja en el piso blanco le hizo un hueco en su corazón, este bebé renunció a la vida que no le esperaba; con las manos manchadas de sangre, Mónica cubre con la tierra del jardín el pequeño envoltorio blanco, semanas después, surge un bello rosal rojo, los tiene de varios colores, en las tardes, cuando ella riega su jardín, el aroma a rosas es embriagante, el perfume penetra hasta su alcoba, a su lecho, ahí, cuando palpitan sus cuerpos, Favo le dice a Mónica que apestan demasiado sus rosas y que un día de estos las rociará con petróleo y ella encenderá el fósforo, Mónica jamás le ha develado a Favo que sus hijos no nacidos los ha sepultado entre los rosales, nunca lo sabrá, nunca los quiso Favo, son  sólo de ella.

Con la mesa puesta primorosamente, noche a noche, Mónica espera a Favo, algunas noches no llega a casa y al día siguiente vuelve con manchas de labial en la camisa, las primeras veces, Mónica lloraba interminablemente y cuando reclamaba a su esposo, éste le propinaba una golpiza, ignorándola por varios días o se ausentaba  y a su regreso, Mónica volvía a recibir golpes; nunca volvió a reclamarle nada a Favo, las noches que permanece sola, se observaba en el espejo, cuestionándose qué ve Favo en sus amantes. Mónica come sólo lo necesario para mantenerse esbelta y cuida de no asolearse para evitar arrugas en su piel blanca. La soledad de Mónica se intensifica cada día, Favo le negó el derecho a trabajar o a alguna otra actividad, le advirtió sobre no tener amigas y mucho menos que metiera a alguien a su casa, que el día que lo hiciera, sacaría a todos a patadas de ahí, que su mujer sólo se debe dedicar a su casa y a él; la familia de Mónica evita a Favo y ante ese rechazo, ella también se aleja más de sus padres. Mónica se refugia en su jardín, evoca  el recuerdo de sus hijos, de lo que pudo haber sido, de lo que pudo haberlos amado, sin nada más que hacer, se desahoga al concentrarse en mantener sus plantas en perfectas condiciones y, a la llegada de Favo, se esmera con gran diligencia en tener contento a su esposo, sólo él  importa en su existencia.

Al discurrir de los años, Mónica se hunde en un fango de culpabilidad, de celos, de conformismo, de tristeza y de abandono. Mónica continúa puliendo su aspecto, Favo pule sus gustos con las chicas más jóvenes, se descara más y más; cuando bebe, golpea con placer a Mónica y le grita con  cinismo cómo lleva a cabo sus actos sexuales con sus amantes y en la vieja bruja en que se está convirtiendo Mónica. Un día, Favo, ebrio, le escupe a Mónica que ya tiene un hijo varón con una joven amante, Mónica siente enloquecer y golpea los vidrios de las ventanas; Favo, enardecido, la toma por los cabellos y la arroja al jardín, Mónica toca con las puntas de los dedos las rosas, sangra de las manos y llora quedamente; siente una caricia en su mejilla y el aroma de los rosales se vuelve más intenso, Mónica retrocede asustadísima y cae en el pasto; en ese instante, Favo sale de la casa, vocifera insultos y patea a Mónica;  algunos vecinos, atraídos por la violencia escandalosa, los gritos de Favo y los alaridos de Mónica, tratan de interceder, lo cual desafía más a Favo y les reparte golpes  e improperios; cuando los vecinos se retiran, sin haber logrado controlarlo y con algún golpe de los que repartió su vecino borracho, Favo, más iracundo que antes, dirige nuevamente su furia a Mónica, cayendo de bruces sobre los rosales.

Favo aún  no comprende lo que sucedió en el jardín, cada vez que cruza hacia la casa, un escalofrío intenso le recorre el cuerpo al pasar por los rosales, recuerda, perfectamente,  patear  la cara de Mónica, cuando una mano de gran fuerza le dio un empellón, lanzándolo a los rosales, recuerda que intentó incorporarse varias veces, sin éxito, pues era jalado de manos y pies hacia las rosas; su rostro, manos y pecho, fueron atendidos por el médico de su madre, con grandes espinas clavadas, inclusive una rama mediana se incrustó en su brazo, es ilógico, dijo el médico y preguntó, escéptico, ¿cómo metiste todo esto en tu cuerpo?; Mónica, sobrecogida en la camilla y con el rostro amoratado, no daba crédito a lo que vio en su jardín.

Desconfiada, Mónica, evita, en lo posible, el jardín, lo ha abandonado, después de que Favo arrojó petróleo sobre los rosales e intentó arrojarles un fósforo encendido, como lo había prometido anteriormente, el fósforo jamás se logró encender, por más intentos que hizo Favo, la chispa nunca se dio, también le ordenó a Mónica que lo intentara, sin lograr hacer arder ningún cerillo, no había viento, no había permiso para la flama. El jardín luce sofisticado con tantas rosas, su fuerte fragancia la advierten hasta los vecinos más lejanos y todos ellos desean conocer los rosales de Mónica y los secretos con los que logra abonar la tierra de su jardín; Mónica, nerviosa, se tuerce los dedos ante cada uno de ellos, excusándose con las personas de no tener tiempo de atenderlos y pasarlos a su jardín, que sólo se limita a regar cada noche sus rosas y que no hay secreto alguno, que la tierra es fértil y más mentiras.  No admite lo que ocurre ahí, ha adelgazado demasiado, no logra conciliar el sueño, cada vez que arroja un balde con agua y cloro al jardín, para evitar que sigan creciendo los rosales, siente una mano invisible que la jala hacia sus rosas. Favo, pretextando viajes de trabajo, se ausenta por días o semanas, Mónica sabe que lo ama, sólo eso. Mónica, en su aislamiento, ahora se infringe daño, se golpea el vientre, las piernas, se abofetea y tira fuertemente de su cabello, cuando Favo se percata de sus moretones, en la intimidad, continúa su acto y le planta unas cachetadas, seguido de, eres una pobre pendeja. Mónica observa el jardín, desde la ventana de la alcoba, percibiéndose como las blancas cortinas de gasa, ligera y transparente se estremecen cuando se escucha un murmullo dulce, suave y perfumado; desde hace semanas no toma las pastillas anticonceptivas, le dará un hijo a Favo, aunque la mate.

El secreto sólo es compartido con sus padres y éstos le suplican a Mónica que abandone a su esposo, que la llevaran a un lugar distante y seguro para que nazca su hijo.  Mónica se faja cuando Favo esta en casa, continúa con sus viajes de "negocios", lo cual favorece a el embarazo y cuerpo de Mónica, en esos días de ausencia de Favo, Mónica admira su abdomen y fantasea que en cuanto nazca el niño, no niña, debe ser niño para que Favo lo acepte, serán una armoniosa familia, ese nacimiento será el milagro deseado, asegura Mónica.  Una sucursal de la empresa requiere a Favo en otro estado por algunos meses, la suerte está de su parte, cree Mónica y después de una golpiza que arremete Favo en contra del cuerpo gordo de su esposa, se encamina al nuevo proyecto de su empresa, eso sí, bajo la amenaza de que a su regreso Mónica debe estar nuevamente en forma o la abandonará, las gordan le asquean a Favo.

El secreto es confesado a la madre de Favo, quien se enternece con la idea de ser abuela, con el apoyo de su suegra y sus padres, nace el bebé, un varón, un maravilloso milagro, todos se encuentran muy felices y en la primera oportunidad, Mónica lleva a su hijo al jardín,  llora con aflicción sobre las tumbas olorosas a rosas, acuna a su hijo en su pecho, sin lograr evitar mojar la carita de su pequeño.  El cuerpo de Mónica está más delgado que de costumbre, además de alimentar al bebé, ella come poco, quiere lucir lo mejor posible para el regreso del amor de su vida, Favo.  Al atardecer, los padres de Mónica, su suegra y Mónica, reciben a Favo en la gran estancia, Favo llega con cara de pocos amigos y cansado del viaje, da un vistazo al cuerpo de Mónica y parlotea fanfarronamente, más te vale; se dirige a su madre para saludarla y ella, seria, lo  esquiva, al mismo tiempo que señala hacia la pequeña cuna, Favo, atónito, sólo golpea la madera que protege a su hijo y se lanza a golpes sobre la aterrorizada Mónica, en medio de gritos de los abuelos, es un varón, es tu hijo, Favo, enfurecido, golpea brutalmente a su esposa, Mónica intenta huir y Favo logra darle alcance en el jardín; nadie logra quitarsélo de encima, su suegro es derribado de un puñetazo y su madre de un fuerte empellón, la madre de Mónica sostiene a su nieto y sólo atina a gritar histérica al ver a su hija bañada en sangre; algunos vecinos, alertados por la gresca, desean ayudar a la pobre mujer y son recibidos por golpes; aprisionada entre Favo y los rosales, Mónica  está a punto de morir y es en ese instante en que Favo es cubierto por los fragantes rosales, cual boa a su presa, Favo es presionado hasta dejarlo sin vida.