El salón de banquetes estaba lleno, solo en nuestra mesa una silla vacía nos recordaba a nuestra amiga Vera, falleció hace unas semanas y no corrió el tequila como a ella le gustaba; tequila que yo solo besaba ante su cara de decepción por no llevarle el ritmo en los brindis, mi vaso, siempre lleno de agua mineral o agua con limón, era visto con desdén, por Vera, ni refresco, lo evitó, aunque me encanta la coca, el sidral mundet y la sangría señorial, eso es cosa del diablo; la diabetes en mi familia ha sido un cuento de terror.
Bailamos y disfrutamos y una amiga lloraba por Vera; en nuestra posada de fin de año, Vera me dio un obsequio, en secreto y con rapidez, no llevaba presentes a nadie más, esa vez me reí, pues me sentí como una pequeña haciendo una travesura cuando oculté mi regalo dentro de mi gran bolso, con este tierno recuerdo sentí un nudo en la garganta y abracé a mi amiga que continuaba llorando. Regreso a casa, el bosque está delicioso, ha estado lloviendo y su frescor húmedo me abraza; mi rodilla derecha me molesta más de lo normal, sin embargo, hoy, volveré a bailar!
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