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viernes, 24 de noviembre de 2023

Un café para mi tristeza

 


Con sus manos arrugadas me ofreció un jarro con café y leche clavel, me acercó la azucarera, una cuchara y una concha; era su forma de dar la bienvenida, siéntate, mijita, di la vuelta a la barra de la cocina, abracé suavemente a mi abuelita y besé su cabecita blanca; olía a café con canela y el sol iluminaba alegremente la ventana de la cocina; llegué sintiéndome que no valía nada, sintiéndome culpable de todos los problemas en mi matrimonio, de ser una mala persona, como siempre, mi esposo me culpaba de todo y esa mañana llena de insultos volví a creerlo; entre sorbos de café y la charla cariñosa de mi abuelita, el nudo de mi garganta y mi profunda tristeza, se fueron disipando; nada cambiaba, sin embargo, después de tomar ese rico  café, podía llevar mi carga en secreto y volver a mi casa, a enfrentarme con ese hombre cruel y violento

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Miraba el ataúd de mi madre con profundo dolor y tristeza; yo no escuchaba el rosario que rezaban las personas que nos acompañaban a su velorio, había un gran vacío, sólo era mi madre muerta y la pena incomprensible de verla ahí, inmóvil, sin sufrimiento e indiferente a nuestro llanto; alguien puso en mi mano un vaso desechable con café humeante, lo acerqué a mis labios y ahí lo mantuve, sin beberlo, sentía el calor y el delicioso aroma, esto me hizo recordar  aquel café de olla o café instantáneo que preparaba mi amada madre, el café que debía tomar antes de irme a trabajar, no debía irme con el estómago vacío o aquel café para acompañar los deliciosos hot cakes con mermelada de fresa y cajeta envinada que ella nos preparaba.  Al sepultarla, parte de mí se quedó en su tumba. En todo el novenario se servía café, aquí, parecía más un elixir para tragarse la tristeza que aquella deliciosa bebida llena del amor de mi dulce madre.  

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La horrible noche cuando falleció mi hijo, parecía más una pesadilla nebulosa, gritaba y lloraba; no comprendía porque mi joven hijo no contestaba su celular, le marqué hasta la madrugada, bañada en llanto, mi hermana me arrebató mi celular, diciendo entre sollozos, ya basta, Raúl está muerto, no entendí nada, pregunté, si ya había regresado Raúl y mi hermana me abrazo con un llanto convulsivo.  Abrazaba al cuerpo de mi hijo, firmemente, tuvieron que arrancarme de él, maldije a todos e intenté golpear a quienes me retiraban del ataúd, esto lo supe después, estaba enloquecida, no era yo, había nacido una nueva versión de mí.  Lejos quedó esa madre de rostro iluminado, llena de orgullo por los logros escolares de mi hijo, de la alegría que contagiaba a todos al hablar de mi pequeño.  Raúl me aviso que iría al cine con sus compañeros de preparatoria y su recién novia, le veía tan feliz que no podría negarme; fue un accidente y le toco morir a mi pequeño de 17 años y al joven conductor.  La irrealidad en la que flotaba en el velatorio, fue interrumpida por los gritos de la joven novia de mi hijo cuando llegó al velorio, iba con un brazo lesionado, sus padres la envolvían con ternura entre sus brazos, sentí tan sincero su dolor que me acerqué a la joven y nos fundimos en un abrazo; no se cuanto tiempo permanecimos así, sentía su delgado cuerpo temblar y su llanto se confundía con el mío.   Ahí no bebí café, tampoco en su novenario, los días transcurren como si nada, los veo pasar sin importarme en lo absoluto, vivo porque respiro, pero estoy muerta en esta vida.  Ya ha pasado mucho tiempo y en la recámara de mi hijo encontré un termo mediano, tenía restos de café, estaba lleno de hongos y apestaba; recordé cuando mi hijo se llevaba su termo lleno de café a la prepa, decía que al tomarlo, le recordaba a su madre y a su abuelita, que era como estar en casa, siempre; después de lavar el termo y desinfectarlo, me serví un humeante café, su aroma me devolvió un momento a mi hijo y a mi madre; me senté en el escritorio de Raúl, con una gran tristeza, lloré mi dolor inagotable y saboreé lo amargo del café y lo dulce del piloncillo, como todo en la vida.

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Un café con canela era parte del desayuno y la cena, era más un gusto de mi padre, no podía faltar en la mesa; al fallecer mi padre, no volvimos a tomar café ya que de hacerlo, solamente terminábamos en un mar de llanto al recordarlo.

Cuando mi madre, aún joven y guapa, me presento a su novio, me opuse cortante a esa relación o a cualquier otra; fue mi egoísmo, era apenas un tonto adolescente , por lo que ella, enojada, me hizo prometerle que nunca me casaría y ella tampoco pondría un hombre en nuestras vidas.

Estudie y ejercí mi profesión, le ofrecí a mi madre lo mejor que estuvo a mi alcance, pese a ello, mi madre vivió con amargura y recordándome mi promesa; nunca conocí mujer, cada vez que intentaba una relación, la culpa de no cumplir mi palabra me fustigaba, cuando volvía a casa, por las noches, mi madre me recibía con esa mirada escrutadora y de advertencia; fui fiel a mi promesa.

Tengo 82 años, enfermo, con deterioro físico, todavía  me puedo valer por mí mismo, aún a esta edad, no faltan mujeres que pretenden una relación amorosa conmigo y se bien que moriré en soledad; mi padre me hizo un hombre cabal, por lo que no deshonraré la promesa que hice hace tantos años a mi madre.  Ahora bebo café con canela, como mi padre, lo preparo con dos cucharadas de azúcar, pese a ello, percibo su sabor más amargo de lo normal, su aroma me traslada a tiempos idos y me conforta en mi tristeza cruel y amarga; que espero termine en poco tiempo.





jueves, 9 de noviembre de 2023

  


Fueron pasos perdidos los que me llevaron ahí y suspiré 

No estabas tú, sólo la fuente,  amparada en la sombra de los frondosos árboles

Encontré lo viejo, ruinas y lo ido

No te busqué, nunca lo hice

Alguna vez acaricié tu recuerdo y lo colgaba en el olvido

Evoqué cuando escape de tus brazos y de tus besos que se perdieron en el viento

Ni siquiera vi tus lágrimas ni tu súplica 

Huí entre la brisa de la Fuente y del frío por ese amor que moría 

Cobardemente, cerré mis sentidos a ti, con un adiós rápido 

Pues de volver a tus brazos, me habría quedado en tu cobijo, por siempre 



martes, 31 de octubre de 2023

Calaverita 🎃


Llegó la flaca por ustedes
Se ira con un buen tambache
Directo a la tumba con todo y sus redes
Les espío por sus pantallas y les puso tache

De las greñas o del cogote, les jalará al panteón
Ustedes no se darán cuenta
Se irán con celular en mano y ella tocando un acordeón 
Canta y baila; la huesuda, bebe tequila y va contenta 

Ya fríos, Aunque griten y lloren
La parca se quedará con sus equipos, cuentas y seguidores
También quiere likes y que por su vida le imploren
Será influencer y perdonará la vida a sus admiradores



miércoles, 11 de octubre de 2023

Madre




No te quedaste ahí, en tu fría tumba

Tu recuerdo no se arrumba

Tu dulce aroma es lo que me ancla en esta vida turbia

Día a día, evoco tu caricia tibia

A veces, mi egoísmo, urge tu sonrisa, tu abrazo

Y me conforta saber que velas mi paso 

En ocasiones, me reprocho no haberte dado más de lo que te brindé

Aunque sé bien que me bendecías hasta por pequeñeces que olvidé

En mis batallas, evoco tu cariño para sosegar mis miedos, mi alma, 

En cada ruina o certeza, busco tu dulzura que me sostiene y me calma

Tu amor, flama eterna, que comprende mi llanto de niña y mi sonrisa

Gracias por tu amor profundo, por tanto y por todo,

Madre mía.



martes, 8 de agosto de 2023

FK

 Tomó una parte de sí 

Para sellar aquella gran pena

De esos ojos inundados de amor

Daría todo su ser 

Su alma, sus abriles

Y lo que aún no poseía

Por ella, por su dulzura

Por sanar lo irreparable

Pues entre fragmentos

El polvo se dispersa

Y camina entre sus tibios brazos

Con besos rotos y colmados de cariño

Con un arrullo de paz, bendito

De la preciosa ternura de su madre






viernes, 28 de julio de 2023

La trenza

En el momento que corté su trenza con mi machete, después de nuestro pleito de novios, Hermila, la mujer que amaba, golpeó mi pecho con sus pequeños puños, lloraba al decir, Fausto, qué  has hecho?, el río bullicioso pareció enfadarse por mi vil acto, pude haberla ultrajado entre los maizales, pude actuar como un cobarde y quitarle la vida; sin embargo, la despojé de toda su protección al huir en mi caballo, con su gran trenza negra en mi mano.


Quizo tata dios o el destino que falleciera el padre de Hermila, don Ruvidio, fue el pretexto para que mi amada Hermila anduviera con la cabeza cubierta con su rebozo por mucho tiempo, en señal de luto, sólo su madre y sus hermanos sabían de la vergüenza de su cabello mutilado; entretanto, yo soñaba con sus labios, sus pequeños ojos negros y ese cuerpo que sólo palpé dos veces cuando cobraba valentía con el alcohol, fue mía todas las noches estrelladas al acariciar con su larga trenza todo mi cuerpo, cometí todos los pecados en su negro cabello, su dulce aroma lo bebí hasta agotarlo, antes de montar mi caballo, cada mañana, para irme a mi jornada en el campo, besaba la larga trenza y ella, me bendecía.


Ambos nos casamos y tuvimos nuestros hijos; mi esposa, Rumi, cuidaba de la trenza de Hermila, cada semana le compraba un listón y la trenzaba con cariño; antes de partir al campo, Rumi me acercaba la trenza de Hermila para que la besara, después, besaba su blanca frente y partía con una sonrisa llena de deseo por aquella mujer que no lograba olvidar. Hermila me evito por largos años, coincidíamos en la iglesia, en las fiestas del pueblo y otras celebraciones; sentía merecer su desprecio.


Enviudamos con meses de diferencia, nuestros hijos ya estaban casados y no me contuve más; me presenté en su casa y le ofrecí matrimonio enfrente de sus hijos. Fue un gran escándalo en nuestro pueblo y no nos importó.  Sus hijos y sus hermanos me odiaron y no se opusieron; fue el acto más valiente de Hermila, cuando vio su larga trenza en el altar de Rumi, sollozó y ahí me contó de sus penurias y de lo inválida que la había dejado al cortarle su cabello; por años le amé con el gran ardor contenido y pese a nuestra edad, fuimos los amantes más lujuriosos, entonces, ignoraba que al poseer la larga trenza de Hermila, poseía todo su ser, siempre había sido mía.


Envejecimos juntos, nos llenaron de nietos y nuestra pasión no se apagaba. Hermila enfermo de gravedad,  con su voz débil, susurraba: siempre seré tuya, Fausto. Después de sepultarla, volví a mi antiguo vicio con su trenza larga, mis arrugadas manos se aferraban cada noche a dos cuerpos, uno moreno y otro blanco, nos amábamos hasta que me vencía el sueño; mi virilidad no menguaba, mis dos esposas llegaban a mi lecho en cuanto tomaba la larga trenza, sabía que no era un sueño, nos confundíamos los tres, sus largos cabellos se enredaban en mi cuerpo, si era demencia, la locura me hacia el hombre más feliz.


Cata, mi hija, ruborizada, me pidió que fuera más discreto con las mujeres que me visitaban en las noches, que todo el pueblo chismeaba sobre los gritos pecaminosos que escuchaban mis vecinos, que ya estaban indagando quiénes eran esas mujeres deshonestas.  Quién podría creer lo que sucedía cada noche, ahora estaba seguro que no estaba perdiendo el juicio, Hermila y Rumi, llegaban cada vez que gozaba con la larga trenza; con estas cavilaciones, tomé la trenza y peinándola, noté un mechón más claro, estaba discretamente colocado, no se notaba, suspiré y comprendí que ese mechón de cabellos castaños pertenecía a Rumi, ella debió colocarlo ahí y trenzarlo, uniéndose a Hermila, en una conexión poderosa y antigua;  ahora todo estaba claro, por eso llegaban las dos en cuanto acariciaba la trenza, ahí surgía la magia, era un pacto divino, ellas serían mías y yo de ellas, por siempre.