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domingo, 27 de mayo de 2018

Invocando a la Sirena (Capítulo VII)


Abrieron el vientre de la Sirena con un filoso cuchillo, con espanto vieron como entre sangre y esa baba viscosa fétida emergió el cuerpo de un bebé en posición fetal, Quirino lanzó un grito de horror, sostenía el puñal con las dos manos e intentó apuñalar al infante que dormía plácidamente, era perfecto, parecía no haber heredado nada de la Sirena, su madre, mi mirada de odio que le lancé a Quirino lo detuvo. Acuné con gran cuidado a mi hijo en mis brazos, revisé sus piernitas, sus manos, en fin, todo su cuerpo, acaricié su mejilla sonrosada, pasé mi dedo por su boquita, pequeño botón de rosa, en ese instante abrió sus ojos alargados, profundos y oscuros, prensó mi dedo entre sus horribles y afilados dientes hasta hacerlo sangrar. Desperté gritando, de no haber estado amarrado a la roca, juro que habría salido corriendo hacia el mar, en lugar de Quirino, mi amigo, estaba atada junto a mí la mujer, dormía; escudriñé con mi mirada el vasto mar, te extraño mi amada Sirena, ¡donde estás?, pensé, lo hice con tal vehemencia para que ella escuchara mis pensamientos, ¡soy un idiota!, la Sirena estará con algún o algunos náufragos apetitosos, ni siquiera existo para ella; ¡soy un perfecto idiota! 

Oscuro e impenetrable, el mar embravecido azotaba nuestros cuerpos, nuestro refugio, ¿morir?, ¡no!, ¡no quiero!, ¡no queremos! Las estrellas de la Sirena las buscaba entre esas olas estruendosas; mi espíritu errante iba en pos del filo de sus caricias. En cada punta de las olas deseaba verle surgir, apuntar su coral de rosa a mis labios y perderme en ellos; no era un náufrago moribundo, era una piltrafa enamorada, listo para el sacrificio. Estaba convencido que un lazo perverso le unía a mí, pudo haberme matado en varias ocasiones, beber mi sangre hasta secarme y no lo hizo, ¿por qué?; consumió tantas almas ante mis ojos e igual lo hubiera hecho con este bobo amante, ¿qué la detiene?; la esperanza de que la Sirena me distinga entre los demás me cuestiona: ¿es amor?, ¿lástima?, o ¿indiferencia total? También lo analizo desde otra perspectiva, podríamos representar para ella el alimento que vemos nosotros en los animales; pero, de ser así, ¿por qué se excita tanto?, ¿por qué he sentido sus pezones endurecerse cuando me ha besado?, ¿por qué es tan voluptuosa como mi compañera con la que he tenido coito?, ¿por qué se entrega tan salvaje y apasionada a mi cuerpo? Necesito tantas respuestas y ella no acude a mi llamado. No aparto de mi memoria sus ojos saltones o profundos y sus labios de pez; ¿cuándo fue que me extravié en los diamantes de sus pecho?, ¿cómo fue que su pestilencia es mi aroma de vida?, es su desprecio y olvido lo que quema mi corazón; Quirino necesita abrirme el pecho y sacarme este tonto corazón, guardarlo en un recipiente antiguo y quizás así logre desprenderme el tatuaje de su presencia, de este deseo; quisiera odiarla, olvidarla y creer firmemente que nunca existió; me traiciono, ¡vivo por mi preciosa Sirena!

Esta enorme roca tiene una serie de laberintos, cuando transita el agua crea una cascada de sonidos, una exquisita melodía líquida, son 66 laberintos, ya los conté, además, ahí hemos logrado conseguir nuestro alimento, peces de diferentes tamaños, de bellos coloridos, sacian nuestro apetito, algunos quedan atrapados y los atravieso con la espada de aquel gallardo oficial, los conductos miden entre diez y veinte centímetros de ancho, algunos peces quedan tan justos en esta perforaciones que es fácil de cruzarlos con la espada o los puñales que heredamos de los marineros; algas marinas llegan ocasionalmente  y la consumimos con desgano; aunque agradecemos al mar nuestros alimentos, los peces crudos ya no nos emocionan como al principio.

Respiramos, vivimos, pero, partes de la roca se nos clavan en las nalgas, nos duele la espalda y los costados, terriblemente; deambulamos en círculos para ejercitarnos, tratamos de mantener fuertes nuestras piernas; cuando el mar está en calma, intentamos patalear en sus frías aguas sin soltarnos de la roca, ninguno de los dos sabemos nadar, me he esforzado por no demostrar el pánico al mar que surgió desde aquella vez que estuve a punto de ahogarme, lo confieso: ¡no logro superarlo! La rodilla derecha duele cada vez que la forzo a algún ejercicio, en mi afán por aprender a nadar, esta condenada rodilla protesta con un dolor intenso, como si alguna aguja estuviera clavada en ella; la mujer no se fía de la resbaladiza roca, debo sostenerle ambas manos en cada intento de pataleo en el agua, siempre termina casi ahorcándome en su desesperación al sentir que se hunde, su horror al mar es superior al mío; no hay avance en nuestras clases de natación. 

La barca continúa atada a la parte más alta de la roca, aunque la perforación es grande, no perdemos la esperanza de que algún día llegue a ser nuestro salvavidas; también mantenemos atadas las prendas que dejaron nuestros finados compañeros, las secamos cuando hay sol y nos cubrimos con ellas para aislarnos no sólo de la fría brisa marina, también de la incómoda roca; en más de una ocasión preparé un ligero lecho con está ropa e invité a la dama a amarnos, pero ella se ha negado, yo no le he insistido mucho, me reservo para la Sirena.  También me ha asaltado la duda de que si acaso la mujer está a la espera de la Sirena, ambos presenciamos como sedujo a la otra mujer, en cada prenda que se deslizaba y dejaba al descubierto su piel morena, más que sacrificio parecía un encuentro deseado de amantes, ella gemía de éxtasis, se entregó con gran placer a los besos y la insaciable sed de la fulgurante Sirena, ajustaba su piel al cuerpo de ella, la mujer se deshacía en ese cuerpo escamoso, se enroscaban las dos en un mismo compás, unían sus bustos y sus pezones se los besaban delicadamente, con la más fina succión; esa vez, con aquella mujer, la Sirena fue más fantasiosa, exploró todo el cuerpo femenino con sus labios filosos, hundía su rostro en cada cuenca de ese cuerpo, haciendo enloquecer de placer a la mujer, no cesó de gritar, de gemir ante tantos mimos íntimos; al ser conducida al mar, iba prendida de esos labios cortantes, sonreía abrazada por las garras de la sirena y también por su largo cabello. 

Los dorados, los rojizos, los azules, los oscuros del mar, se bosquejan en mi mirada, día a día, mi fiel espera no se aparta un momento de ella; no quiero ser rescatado, aunque jamás hemos vislumbrado un barco,  en bruma, en tormenta, en sosiego.  Clamo tortuosamente, la invoco: "¡Hermosa Sirena, ven!", "¡Bebe de mí!

miércoles, 16 de mayo de 2018

Bucot



El dorado de la arena quema, cada paso de Bucot, es una tortura, le pesan tanto los pies, no se divisa nada más que el oro arenoso, suda a chorros por todo el cuerpo, sus mechones negros desmayan en su frente y su cuello, porta su escudo de piel rosa con el emblema negro de la muerte, le protege de los ojos de Devilsun, quien escudriña un punto para herirle;  Bucot protege todo su cuerpo, hasta su sombra se fusiona en esa protección del escudo de  piel, cada penoso paso lo hace dentro del diámetro de ese amparo, no da oportunidad al rubio de Devilsun, quien le hostiga con su mirada quemante, esperando el momento para fulminarle.

Ya Vislumbra el oasis, a rastras sube la pendiente que le separa de esas aguas cristalinas, el aroma de vida llena sus pulmones, como en delirio, logra asirse de una roca del manantial y trata de incorporarse sin fuerzas, Bucot cae rodando hacia el oro desértico, aquí ya teme por su vida, se aferra más al escudo; en quietud espera una eternidad en las brasas deslumbrantes, cuál mortaja se sumerge en su coraza rosa con el emblema negro de la muerte, Devilsun le calcinará, seguramente, hay una larga espera, hierven su cuerpo, su alma y sus súplicas; finalmente, escucha una risa burlona y macabra, mira con sorpresa como el rubio Devilsun se retira dejándole en sombras.

Sostiene su cuerpo débil en las rocas del manantial, con el escudo aprisionándole, jadeante, casi desmaya, intenta beber agua con sus manos, qué sucede?, no logra desprenderse del escudo, con los ligeros destellos multicolores de la fuente de vida observa detenidamente, está a salvo, aquí el rubio Devilsun nunca logrará atacarle, es un sitio sagrado, ningún demonio puede profanarlo; sus manos, su rostro, medio cuerpo está adherido al escudo de piel rosa con el emblema negro de la muerte, el emblema sonríe perversamente, la muerte también sonríe!, por más esfuerzos que hace no logra separarse de su defensa rosa, ahora entiende la risa burlona de ese demonio, con gran pavor lo comprende todo, ahora, el cuerpo de Bucot y el escudo de piel, son uno!


domingo, 22 de abril de 2018

Piedras contra metales

Piedras contra metales,
Profanando templos,
Nunca perdonaran los dioses.
Tiñen con su pureza de rojo
El brillo fraguado,
En el segar de esta raza Azteca,
Les maldicen desde la tenebrosa muerte
Hasta el resplandor cegador
Del sol ardiente, vanos conquistadores.
Voraz hambre de espadas,
Insaciable codicia
Del excremento de los dioses.
Corazones de vidrio contra
Oro sólido, puro, que
Late en ellos, en
Sus aguerridos pechos morenos,
No se fracturan, no ceden,
Se levantan,
Sus deidades los bendicen:
Renacerán!
Fuego nuevo!
Hasta el fin de los tiempos!



viernes, 13 de abril de 2018

Binas

En el ataúd metálico, envuelto en una sábana percudida, me veo calvo, sin cejas, pálido y un rictus de dolor enmarca mi rostro, no aparto los ojos de mi cuerpo, en la única recámara, rodeado por un ropero, una cama y botes cubiertos con unas mantas, se encuentra mi féretro; sólo hay cupo para tres o cuatro personas, los cuatro cirios humean ya las mantas.  Cocinan papas, es el menú para después del sepelio, mi hermana, Sela, lloriquea y se quejaba de cuánto ha gastado en mi enfermedad, ¡el cáncer sale caro!, ¡cuánto ha sufrido con su hermano!, dice en voz alta, su voz se alza cada vez que llegaba algún pariente, mencionando la misma cantaleta; en el pequeño patio, mis tres hijas me acompañan, veo tristeza, inconformidad, pena y coraje, una de ellas llegó con su familia, su esposo y sus dos hijos, son tan pequeños, mis nietos, les rodeo con el afán de abrazarles y no lo logro; grito, murmuro y no me escuchan, ¡tanto qué decirles!, ¡perdónenme!, deben odiarme y les entiendo.

Corríamos tras la pelota, un grupo de chiquillos bulliciosos acallaban el parloteo de los pájaros que anidaban en los frondosos árboles sobre la carretera  en Tlalpan, ningún auto transita, tardan mucho en pasar los autos hacia Cuernavaca, después del partido, emprendemos la loca carrera hacia las Fuentes Brotantes y nos metemos en el riachuelo a bañarnos, agua cristalina, fría, bebemos hasta saciarnos, nos tiramos en el pasto a secarnos, a descansar, con cara al sol, planeo ser chofer, como padre.

Madre, llora, es golpeada por mi padre, él se marcha de la casa con su ropa, tiene una nueva mujer, más joven, más mujer, dice padre,  limpio y fresco soy abofeteado por padre, ¡crece!, ¡te toca ser el hombre de la casa!, me empuja contra la pared y sale enfurecido, sube a su camioneta y sale de nuestras vidas, para siempre.

Mi madre les lava ropa a los vecinos, mi hermana mayor consigue un empleo mal pagado y yo hago mandados a los vecinos, los pocos centavos que consigo se los entrego a madre, ella me mira con enojo y repite: ¡por qué no lo detuviste!, toma mis monedas y su llanto es eterno.

Madre se enferma, no contamos con dinero para atenderla, busco a padre y él me niega la ayuda. Construyó una bella cabaña con chimenea para su nueva familia, mis medios hermanos me miran con recelo, los miro con odio, su mujer me mira con desprecio, jamás me permite pasar de la puerta, admiro los sembradíos inmensos, sus caballos y el gran árbol que está junto a su cabaña, una llanta cuelga de una de sus gruesas ramas, es el columpio de mis sueños, padre jamás me ofrece usarlo, ¡cómo quisiera columpiarme en él!

Soy su primogénito, su heredero, debía ser su orgullo y me ha desplazado por sus otros hijos, ellos son morenos, ¡negros!, ¡cómo los odio!  Padre cambió su testamento, sus propiedades son para sus nuevos hijos, nos han despojado a madre y mis hermanos, mi odio se acrecienta cada día más.  No tenemos a donde ir, con lo poco que logramos reunir entre madre, mi hermana mayor y mis centavos, pagamos una renta y mal comemos. 

Encandilé a una boba, con una promesa fue suficiente, gané su confianza, la tonta se resistió pero la forcé, la apoyé en ese árbol de Fuentes Brotantes y con sólo esa vez quedó embarazada. Me hice ojo de hormiga, sus hermanos me buscan, son capaces de matarme.  Rodeado de botellas narro mi hazaña a mis amiguetes, me vanaglorio de mi canallada y de mi futuro vástago. Fue una niña, ¡maldición!, si hubiera sido varón, se lo quito.  Jamás volví a verla.

La fiesta estaba en su apogeo, a ritmo de rock and roll bailaba y bailaba la chica de crepe y ojos rasgados, no le perdía de vista, su falda se levantaba ligeramente en cada giro al compás de la música, esa noche salimos de la fiesta siendo novios, tomados de la mano. A la semana de cortejarla la violenté, nació una niña, otra niña, y entre varias niñas nació el deseado varón. A Lourdes nunca la dejaría, era mía. La maltraté todo lo que me daba la gana, sólo cumplía su función de hembra y la abandonaba por nueve o diez meses, la llené de hijos y de necesidades; fui tan irresponsable con esos seres inocentes y ahora están aquí, acompañando a este ser miserable, despreciable, no me lo merezco, no merezco ni una lágrima de mis hijas.

Cáncer en el estómago, sólo algunos familiares estuvieron en esa penosa enfermedad, todos mis amigos desaparecieron y cuando llegaba a toparme con ellos, fingían no verme, nunca les hubiera pedido nada, nunca les cobraría los préstamos con los que siempre me urgieron, en especial cuando llevaba varias copas encima.  Infinidad de veces les apoyé en sus enfermedades, en su alcoholismo, en las necesidades de su familia, me enternecían tanto y sólo deseaba ayudarles; hubo un amigo que siempre me decía: Binas, ¡No seas cabrón, deja de hacerte pendejo y mejor ayuda a tu familia, tus hijos te necesitan!, ¡Estos abusivos viciosos, hijos de la chingada sólo se aprovechan de ti!; también lo odié, dejé de hablarle, dejé de invitarle copas, dejó de ser mi amigo.

Lloraba en mi cama de hospital, añoraba tener a algunos de mis hijos en ese instante, añoraba en pedirles perdón, a Lourdes ya no podía perdirle nada, había  muerto, ni siquiera pude asistir a su funeral, su familia me lo impidió, desde lejos, escondido entre las tumbas le lloré, musité mil veces que me perdonara, ella nunca me escuchó, ya no; aún así, no busqué a mis hijos, mi vicio me confortaba, algunas mujeres también lo hacían, siempre y cuando tuviera billetes en la mano.  Fui feliz a mi modo, trataba de convencerme de ello, siempre, en realidad me mentía, el sol no era luz ni calor para mí; la noche no era de descanso, era de pesadilla, de soledad, de odio hacia el monstruo en que me había convertido. ¡Te odio padre!, mi viejo al que siempre quise tener entre mis brazos, ya había muerto, al igual que mi madre; la soledad es tan dura, me fustiga el alma, nunca tendré suficiente para pagar todo lo que debo, si hay infierno, ahí estaré perpetuamente.

En cada palada de tierra sobre mi ataúd volteo a ver a mis hijas y lloran por este mal padre, mi pequeña nieta llora por un abuelo al que nunca abrazó; mis familiares no dejan de mirarles, no dejan de agradecerles el que estén despidiendo a Binas, el borracho, el maldito, el hermano, el primo, el sobrino, el hijo de la chingada que soy. Mi condenación fue eterna, no fue con este pinche cáncer, no fue con la oscura soledad; fue con la ausencia de la mujer que creyó amarme, fue con la ausencia de mis hijos, de sus primeras palabras, con los desvelos en cada fiebre que padecieron; nunca les negué nada a ellos, me lo negué a mi mismo; el daño que les hice me fue devuelto con creces, porque me lo hice yo mismo; ¿tanto me odié? La palabra perdón no existe para este ser desgraciado. La palabra perdón no remedia nada, pero la repetiré donde yacen los muertos, será mi cadena ardiente. Mi epitafio debería decir: "Y,  si hay un dios, ¡Yo, Binas, soy su abominación!".


Bisutería en rosa

viernes, 6 de abril de 2018

Crisol de almas

Huye de esa sombra!
Lograrlo?, cuando se filtra
en lo más recóndito de ti.
No ilumina, solo tinieblas.
En pos de ti, se adhiere 
cual enredadera a tu cuerpo.
Magia negra, pincha tu ser!
Crisol que funde tu alma!
Se vanagloria de tu derrota.
Anillo tatuado, alianza eterna!

Bordados de Oaxaca



Primorosos bordados por manos artesanas de Oaxaca en prendas típicas.