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domingo, 8 de octubre de 2017

Huyendo de la Sirena (Capítulo IV)

Sorbo a sorbo, iba minando mi cuerpo, la bella Sirena chupaba la sangre de mis dedos en cada visita; entre besos insaciables y malolientes, entre mis piernas y su cadencia resbaladiza,  la Sirena acudía a mí, a medianoche, antes del amanecer, a cualquier hora, se alimentaba de este cuerpo delgado, había perdido varios kilos, mi abultado abdomen había desaparecido, mis piernas delgadas daban lástima, el anillo de oro con mi escudo familiar lo tenía amarrado al bies de mi ropa para no extraviarlo, mis prendas hechas jirones aún me protegía del sofocante sol y en la fría madrugada me esmeraba en cubrir todo mi cuerpo con esas telas húmedas. La hermosa boca de la Sirena se unía a la mía y me obligaba a tragar de su saliva asquerosa, ya no me resistía; me sorprendió varias veces observando sus  besos en mi boca y mi sonrisa ante sus muecas, aquí, sus ojillos maliciosos se alargaban, se hacían profundos y terriblemente oscuros, con un fulgor siniestro, sin dejar de besarme y acariciarme, ¿quién se burlaba de quién?

La noción del tiempo la había extraviado, este cansancio, este deseo, esta desesperación de no verla, me tenían en un frenesí ilógico. El mar se bosquejaba en mis ojos opacos, en mi mirada, con sol, con luna, con bruma, con lluvia y, ella, no volvía; mi estómago, mi cuerpo se estremecían cada vez que ensoñaba su presencia, sus caricias y ese arrullo que embriagaba mi discernimiento.  El dolor de mi rodilla derecha se había intensificado, no podía apoyarme en ella, en la última visita de mi querida Sirena, ella me mordió el muslo y, la rodilla derecha, había sorbido de mis carnes lastimeras; ya ni siquiera me defendía cada vez que succionaba de mí; todo el cuerpo me ardía, sus labios y sus manos eran filosas, donde me besaba, me dejaba una herida; donde me acariciaba, me arrebata el alma y el espíritu.

Dormité, abrazando la roca, cuando algo se estrelló en mi espalda, era una madera, lo suficientemente grande como para soportar mi cuerpo, el golpe me hizo recuperar la cordura, me aferré a la madera y me dejé llevar por las olas, con esos movimientos constantes me alejaría rápidamente de mi roca, ¿a dónde?, lejos de ella, la Sirena; finalmente, no quería morir, aún no, y de no morir de hambruna, moriría en su sed inagotable de mi sangre, de hecho, ya lo estaba logrando la encantadora Sirena, porque ya había consumido hasta mi corazón. Al vaivén de las olas, lloraba lastimosamente, no volvería a verla, no volvería a besarme, a lastimar todo mi ser, a ser de ella.  ¡Cuánta estupidez!  Algo en mi psique me reprochaba lo absurdo de este sentimiento insano, ¡amar a quien me destruye!, lo reconocía, pero, seguía doliendo. Me arrojó una gran ola y me solté de la tabla, ¡no sabía nadar!, empecé a hundirme, el agua entraba por mis oídos, era horrible esa sensación y ese golpetear del agua en ellos, intentaba desesperadamente salir a la superficie, movía mis brazos y mi pierna izquierda, los movía con gran angustia, ¡no deseaba desaparecer sin dejar huella!, ¡no!, ¡quería vivir!, ¡vivir!




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sábado, 30 de septiembre de 2017

El busto de la Sirena (Capítulo III)

Mi lengua buscaba inquieta entre los poros de la roca, mi sed era terrible, me sentía en confusión, aún así, mis brazos seguían alrededor de esa roca, como si fuera un ser humano, mi héroe; en realidad, era mi salvación.  Empecé a llorar, moriría de sed, en medio de tanta agua salada, ¿qué estaba pagando? Lloré suave, no quería deshidratarme más, imaginaba morir acartonado, como esas momias egipcias, las había visto en fotos, las fotos de Quirino, el antropólogo; ahora que lo pienso, ¿qué opinaría Quirino de la Sirena?, seguramente dudaría de mi sensatez, de hecho, yo dudaba de ella, ¡qué locura la mía!

¿Invocada?, ¡nunca!, era una traición de mi mente, las Sirenas no existen, entonces, ¿qué hace ella aquí?, lo confieso: sentí alegría, en esta inmensa soledad, lo juro, inmensa hasta no ver ni el sol, ni la luna; tomó mi débil cuerpo y me resistí, lo juro, ¡cuantos juramentos!; ya me había soltado de mi salvación, la roca y mis manos la empujaban, no quería tan cerca ese aliento.  El sol brillaba intensamente sobre sus pechos perfectos, sus pezones eran pequeños y brillantes, brillaban sus senos, su cuello, parecía que estaba plagado de diminutas estrellas, no podía dejar de verla; ahora que estoy a punto de morir de sed y de hambre podría soportar ese olor pestilente de su cuerpo.  Le sonreí, bueno, lo intenté, me sentí con más arrugas en mi rostro, ¿los años?, ¿la sal?; me arrepentí de doblegarme ante ella.

Ví su lengua entre sus labios, cuando se acercó a besarme, cerró los ojos, sentí asco, pero me contuve, metió su lengua en mi boca, al mismo tiempo que me besaba, besaba como un humano, yo le veía, nunca cerré los ojos, aunque hice bizcos, me dieron risa sus gestos, era tan cómica, parecía que quería comerme, también logré contenerme de no estallar en risas; tenía sus manos en mi cuerpo, debajo de mi ropa desgarrada, me acariciaba la espalda, atrayéndome hacia ella, con suavidad.  Dejé de sentir asco por lo salado de su boca y su asqueroso aliento; su saliva era más viscosa que la mía y tragué un poco de ella; en un grado de excitación perturbadora, me desprendí de ella, sus caricias no tenían fronteras, ¿en verdad, he enloquecido?; miré hacia su negado sexo, sólo colgaban escamas grandes, rasposas y gruesas, en este punto deseaba preguntarle cómo es que tenían sexo entre su especie; jamás habíamos conversado, ¿cómo me comunicaría con ella?, volvió a besarme, haciéndome tragar su saliva salada y maloliente, acariciaba mi rostro con el suyo, mi cuerpo con su busto y su parte de pez, se enroscaba en mí y jadeaba; traté de negarme, fue imposible, me abandonaba en ese cuerpo; tenía hambre de otro tipo, ¡qué osadía!, ¡qué binomio imperfecto!

Volvió a perderse entre una ligera espuma, llevaba enmarañado su cabello, como el mío. Creo que la asusté cuando grité, ¡no!, corrijo, vociferé: ¡basta!, ¡vete!, la ahuyenté como se ahuyenta a un minino, aventándola para alejarla de mi cuerpo, de mi vida, de mi roca; sonrió dulcemente, también lo hicieron sus ojillos, su mirada, ya no me estremecieron de miedo, como al principio. ¡Qué extraño!, no tengo sed, ni la boca seca, me siento mejor.  Contemplando las estrellas, abrazando mi roca, pensaba en su busto estrellado, parecían diamantes incrustados en sus pezones pequeños, cuánto fulgor en esos senos, dormí sin sed, lo aseguro.

domingo, 24 de septiembre de 2017

El demonio de mi almohada

Enardezco o tranquilizo al demonio que vive en mi almohada, en la penumbra,
Al abandono del sol, poso mi cabeza en ella, sólo para desatar mis manchas;
Espera de forma malsana mi canto; me encadena, se burla de la sal de mi llanto,
Me domina, acaricia mi cabello plata, fielmente y me confiesa hasta el amanecer.

Sin queja, en lucidez, escribo este poema, a ella, la almohada, a mi hoguera,
A mi paz, nube de mis pesadillas, de mis sueños serenos; creo que también me ama,
Me extraña de día, aunque sé que me odia; llora por mí, no lo admite, lo siento,
Me mece, se esmera, suspira mi congoja, conduciéndome a la irrealidad del ensueño,
O se regodea con mi sufrimiento, envileciendo mis lamentos, alimentándose de mi vela.

Ese demonio no muerde mi corazón, arrulla mis delirios que me coronan, los que me maldicen,
Los negros, los dolientes; elevándome a lo etéreo, purificándome, aliviándome de ti,
De ellos, de todo, de mí, cada vez que hundo mi rostro en él, naufragando, me anclo ahí;
En desvelo, el demonio, espera el sin fin de mi sollozo desvalido, rozando mis sienes, mi boca, mi frente.

Liberándome, sin conseguirlo, el demonio de mi almohada, sincerándose,
Se descubre en mis sueños, se devela que, es en realidad un ángel,
 Ángel caído, por mi causa, por ese chacal que me arruina,
Por esos engendros que me consumen, velnias que me arañan y carcomen mi alma;
Hechizo enviado a ungir mi cabeza con incienso, hasta que sonría, de noche, al alba, día a día.



Vil dragón

El engendro de sus pesadillas, las peores, de su infancia, de toda su vida; le vio venir a lo lejos, ahí, esa temible existencia,  tembló, las piernas no obedecieron sus pasos, dudaron al verlo venir, se cuestionó, en confusión, "¿Existe?", "¡Sí! y le sudaron sus manos.  Pasó junto a él, esa bestia infrahumana agachó la cabeza, hizo huidiza la mirada de diablo; no era tan temible, ya no.  Ese color de bronce, piel agrietada, ya no parecía tan sombrío; como le había engañado con su miedo de pequeña inocente, cuando le miraba aterrorizada, le veía imponente y malvado; en realidad, es frágil, si ella quisiera, podría romperlo con sólo desearlo.  Se arrastra cual serpiente cuarteada, ahora, verle, era lastimero.

Cuándo fue que ese ser mustio y desgraciado, le había rasgado la mente, el alma, sus tres corazones; cómo pudo atreverse a romper el umbral del juicio de sus tres mentes fantasiosas e inocentes.  Acaso, ¿un demonio le poseía?, acaso, ¿eran tres malditos espíritus, todos en él?  Cómo era que en esa oscuridad nebulosa siempre estaba presente y brillaban esos ojos enardecidos,  aferrada a un dios sin piedad, arrinconada entre papel sepia y metal impuro, maleable, era consumida en sus tres almas por la insaciable voracidad de ese zafio ser siniestro.

¿Dios todo lo sabe?, siempre se cuestionó, por años, demasiados y, si todo lo veía, ¿por qué no musitó nada a su oído? La única respuesta que escribió su magia, su compañera, su sombra, fue la negación, lucifer no existe, es una blasfemia en la vida; las manos humanas, son humanas, no pueden ser garras ardientes; no fueron creados los alientos viscosos, quemantes, que manan el más puro veneno cuando quieren decir una palabra suave y, en un soplo de voz, atraviesan lo frágil del más tierno corazón, de dos, de tres, de los que sean necesarios, hasta destruirlos. 

Se doblan sus rodillas, su cintura, su mente, bañada en llanto, aún no sabe cómo es que vive, qué es lo que late en su pecho.  Pisará firme, siempre lo ha hecho, aunque su alma en derrumbe no abandona esa oscuridad, no puede, en esa penumbra murieron tres, cómo olvidarlas y, aunque existen, van en abandono, muertas, en trance, negándose a ser traspasadas por la bocanada de un vil dragón.

Descenso al Hades

Qué necedad volverte con todos mis locos sentidos, estúpida y 
ferozmente, pecado terco, reclamando con agitación vibrante,
 respirando erróneamente, en palpitar, llevándome a ti, 
trayéndote, exigiéndote, en súplica: "bebe de mí".

Admití, sin arrepentimiento, el vaivén, el encanto, en el que
Mi cuerpo es débil, cobarde, abandonado al tuyo;
 Al evocarte, oprimo este corazón y desciendo al Hades,
A la legión de malditos,
Bulle en mi mente lo inmundo de mi vicio por ti, 
de mi corazón.
Parte de mí observa, callada, decretando
Lo efímero de mi existencia, al ser tú, amarga cruz.